sábado, 25 de julio de 2026

MANIFIESTO PARA LA CIRUGIA PEDIATRICA PERUANA DEL SIGLO XXI

 

MANIFIESTO PARA LA CIRUGIA PEDIATRICA PERUANA DEL SIGLO XXI

 

Los integrantes de la nueva junta directiva de la Sociedad de Cirugía Pediátrica, tienen hoy la responsabilidad de fortalecer la especialidad hacia el futuro. El nuevo presidente tuvo la gentileza de invitarme a la ceremonia, donde se hizo mención de los 63 años de vida institucional de la Sociedad.

 

Afortunado de haber tenido el privilegio de operar niños durante 47 largos años, 22 en los Estados Unidos y 25 en el Perú, entiendo la preocupación de jóvenes cirujanos pediatras, que destacan en sus centros asistenciales, sobre la rectoría y el futuro de la especialidad. En previsión de una futura conversación sobre el tema, decidí publicar un manifiesto para la cirugía pediátrica peruana del siglo XXI.

 

Retirado profesionalmente en 2021, siempre estuve en desacuerdo con el inconsistente manejo de la cirugía pediátrica en mi país. Es evidente que las instituciones no son formadas por edificios o equipamiento, sino por aquellas personas que las constituyen. Transcurridos 52 años desde mi primer regreso al Perú, considero prudente asumir un rol proactivo en los pasos a seguir, para controlar el presente de la especialidad y promover desarrollos futuros.

 

Quisiera comenzar con una importante reflexión. El siglo XIX estadounidense produjo dos gigantes cuya estatura física apenas alcanzaba 1.60 metros: William Worrall Mayo, fundador de una tradición médica que cambiaría la medicina moderna, y Andrew Carnegie, el industrial que convirtió su inmensa fortuna en un legado universal de educación y cultura. La verdadera grandeza nunca se midió en centímetros, sino en la profundidad y permanencia de sus obras.

 

Como ven, antes de presentar un primer paso, deseo llevarlos a acontecimientos históricos en los Estados Unidos. Los mencionados grandes hombres exhibían una gran fortaleza intelectual y gran atención a la educación y el progreso. Ambos nacieron en Europa, con 16 años de diferencia y a solo 350 kilómetros de distancia. Mayo nació en 1819 cerca de Manchester, Inglaterra y Carnegie en 1835 cerca de Edinburgh, Escocia. Sin embargo, sus emigraciones a los Estados Unidos fueron más cercanas, Mayo en 1845 a New York y Carnegie en 1847 a Pennsylvania.

 

William Worrall Mayo vio fallecer a su padre a la edad de siete años, pero su abnegada madre pudo darle una buena educación. Estudió latín y griego con un tutor francés, asistió a un colegio en Manchester y tomó lecciones privadas con un reputado químico. Inició estudios médicos en Manchester, Londres y Glasgow, pero no los culminó por su gran inquietud y ansiedad por explorar el mundo. A la edad de 26, un barco lo llevó a Nueva York y encontró trabajo en el departamento de química del hospital Bellevue, donde fue testigo de corrupción política y mala-práctica médica. Por esa época, la enseñanza de la medicina era satisfactoria en la América Colonial, pero con el crecimiento de la población a través de montañas y ríos, la demanda de médicos sobrepasó la oferta de hombres bien entrenados, apareciendo entonces pequeñas escuelas médicas privadas en las zonas rurales de Kentucky y Ohio, seguidas de decenas en Indiana, Illinois, Michigan y los Estados del oeste. La educación abarcaba 1-3 años, se basaba en conferencias y la experiencia clínica era inexistente. William Mayo logró graduarse de médico en Indiana en 1950, pero sus incesantes exploraciones a ambos lados del Mississippi, finalmente lo llevaron a asentarse en el pequeño pero pujante pueblo de Rochester, Minnesota. Corría 1863 y había llegado con su esposa Louise, dos hijas y un varón de 2 años de edad, William Jr. Cuatro años después vino al mundo su hermano Charlie.

 

Andrew Carnegie creció en medio de tan escasos recursos que toda la familia emigró a Pennsylvania cuando él contaba con 12 años. Trabajó desde muy pequeño en la empresa estatal de ferrocarriles y a los 20 años ya era gerente y había desarrollado una gran pasión por la lectura. Su capacidad y buena disposición para el trabajo duro, su perseverancia y diligencia pronto le trajeron oportunidades. En la Guerra Civil se encargó del transporte militar y se convirtió en experto telegrafista. Inversiones audaces lo llevaron a hacer fortuna en la industria del acero. Sin embargo, pensaba que debía usar su fortuna para beneficiar a los demás y ocuparse en algo más que ganar dinero. Se dedicó entonces a la filantropía, financiando bibliotecas, universidades e instituciones culturales. Su Fundación creada en 1902, contrató a Abraham Flexner para estudiar la acreditación de 155 escuelas médicas que mal-funcionaban en Estados Unidos y Canadá. El Flexner Report, publicado en Nueva York en 1910, revolucionó la educación médica en Norteamérica, lo cual fue el primer paso para explicar el increíble progreso de la Salud en el mundo civilizado de hoy.

Miremos ahora a la Cirugía del siglo XIX.  En ese tiempo, la cirugía fracasaba por masivas infecciones post operatorias y una altísima e intratable mortalidad. No obstante, apareció Louis Pasteur y su presentación en la Sorbona en 1864 introdujo la microbiología moderna. El lavado de manos en cirugía era lo aconsejable, pero la resistencia al cambio apareció en Europa. Ya en 1861, el austro-húngaro obstetra Ignaz Semmelweis había publicado una gran reducción de la terrible sepsis puerperal con métodos antisépticos, pero sufrió internamiento en una institución mental en 1865, falleciendo en dos semanas por sepsis causada por palizas infectadas al tratar de escapar. En 1867, Joseph Lister, en Londres, siguiendo las investigaciones de Pasteur, implementó el uso de los métodos de asepsia y antisepsia en cirugía y, a partir de la década del 70, se empezó a publicar la supervivencia de cada vez más atrevidas y numerosas intervenciones.

En Rochester, los hijos del “old doctor Mayo”, Bill y Charlie, estudiaron medicina en Michigan y Chicago, respectivamente y demostraron una gran vocación para especializarse en Cirugía. Creciendo en la era listeriana, múltiples avances quirúrgicos tenían lugar en Europa y Norteamérica y los hermanos viajaban con frecuencia, estudiando la fisiología y patología de nuevos procedimientos quirúrgicos que, a su regreso al St. Mary’s de Rochester, aplicaban con innata destreza y buenos resultados. Con el cambio de siglo, los hermanos Mayo habían acumulado un gran número de exitosas y variadas operaciones y su fama creció a nivel nacional, agregando docencia a la experiencia, lo que condujo a la fundación de la Clínica Mayo en 1914.

Mientras tanto, la reforma de la educación médica de 1910 motivó a los nuevos maestros mejorar los niveles de atención médica, para lo cual empezaron a auto regularse, apareciendo entonces los Directorios o Boards de diferentes especialidades. El Board de Cirugía se formó en 1937 y la cirugía norteamericana floreció a niveles nunca antes vistos. Por esa época, experimentados cirujanos generales habían comenzado a tratar niños. Fue también en 1937 que apareció el primer centro de entrenamiento quirúrgico pediátrico, dirigido por William Ladd en Boston. Dos de sus alumnos más destacados “esparcieron la semilla”: Robert Gross formó 7 futuros jefes de programa y H. (Harold) William Clatworthy formó 8. Todos estos programas duraban un año, se desarrollaban en hospitales de niños y solo aceptaban médicos entrenados en Cirugía General durante 4 años.

Establecimiento de la Cirugía Pediátrica en los Estados Unidos. Estimo que es fundamental estudiar la experiencia de la Cirugía Pediátrica Americana, donde está la clave para llevar a cabo una estrategia imprescindible y encontrar el rumbo correcto.

Recordemos que los norteamericanos fundaron su primer programa de entrenamiento el mismo año que se creó el Board o Directorio de Cirugía General. En los Estados Unidos, primero se preocuparon de impulsar le enseñanza, investigación y la atención a los niños con enfermedades quirúrgicas. Solo 13 años después, el American College of Surgeons formaliza el auspicio de 11 programas de entrenamiento en Cirugía Pediátrica. Esto nos indica que la institución primaria de la cirugía general se preocupaba del progreso de una de sus más queridas especialidades. En 1960, ya existían 17 programas aprobados, 15 en EEUU y 2 en Canadá, país vecino que se había integrado por completo al sistema americano.

Con el rápido progreso de la especialidad, recién en 1970 se forma APSA (American Pediatric Surgery Association). APSA estaba formado por distinguidos cirujanos pediatras, seriamente comprometidos con liderazgo en tres campos fundamentales: Cuidado del paciente, educación e investigación. Las contribuciones de APSA no se hicieron esperar. A comienzos de 1971, sometieron los 17 programas de entrenamiento a una exhaustiva evaluación, incrementándolos a dos años de duración y   adicionando la cirugía toráxica general a la especialidad, cuando ya era evidente el notable avance de la cirugía neonatal y una amplia experiencia en malformaciones congénitas pulmonares. A mediados de ese año, ya se habían aprobado diez de esos programas.

El autor de esta nota, nacido en Barranco un 17 de febrero de 1940 y graduado médico por San Marcos en 1966, se encontraba en 1971 cursando su cuarto año de residencia en cirugía general en la Clínica Mayo y ya había sido aceptado para iniciar su cirugía pediátrica en julio de ese año en el Children’s Hospital of Michigan, uno de los diez aprobados. Finalizado su entrenamiento en junio 1973, habiendo aprobado su Board de Cirugía General y la licenciatura para ejercer medicina en los Estados Unidos (State Board of Michigan), sintió la responsabilidad de volver para compartir su afortunada experiencia. Regresó al Perú en julio de 1974 con la idea de preparar jóvenes que culminaran satisfactoriamente un programa de cirugía general y que pudieran ser admitidos a un entrenamiento de dos años en cirugía pediátrica, como el recibido en Detroit. El siguiente paso sería procurar a nuestros colegas 6 meses de asistencia a hospitales de niños aprobados en los Estados Unidos y a cargo de reconocidos líderes en cirugía neonatal e infantil, para luego regresar y “esparcir la semilla”.

Profesionalmente, regresé tres veces a la patria. Hoy, nos queda proponer un modelo que favorezca la especialidad:

1.       Constitución de un ente rector provisional, responsable de una adecuada reorganización y funcionamiento de la especialidad, la cual podrá ser asumida por la nueva Junta Directiva de la Sociedad de Cirugía Pediátrica, para llevar a cabo los considerandos del presente manifiesto. Los estatutos serán legalmente adecuados a la reforma propuesta, con la consiguiente independencia del arcaico sistema nacional que interviene hasta hoy en todas las especialidades médicas. La función del ente rector será evaluar los programas de entrenamiento y sus graduados, y velar por el desarrollo de una verdadera atención de calidad a la población infantil.

 

2.       Nuevo programa de entrenamiento en cirugía pediátrica. Dos años de duración, luego de haberse completado cuatro años en una Residencia aprobada de Cirugía General. El ente rector suspenderá los actuales 4 o 5 programas de cirugía pediátrica y establecerá un moratorio de unos cinco años para permitir a los nuevos aspirantes llevar a cabo su entrenamiento en cirugía general. Ya existe un exigente modelo de programa quirúrgico pediátrico, aplicable a nuestra realidad, pero sujeto a la aprobación del ente rector. Los programas nacionales serán re evaluados cada tres a cinco años.        

 

3.       Crear un Comité de Revisión del Residentado (CRR). Conformado por distinguidos y representativos cirujanos, establecerá los requisitos para aprobar el entrenamiento de los candidatos. Una tarea fundamental del CRR será identificar “los componentes primarios en cirugía”, es decir, las operaciones con las que el residente debe tener suficiente experiencia, así como el número de casos requeridos para cada categoría. En la experiencia personal del autor, la aprobación de tales programas dependía de la realización personal anual de 200 operaciones en infantes y niños, incluyendo 20 operaciones neonatales mayores.

 

4.       Creación del Directorio de Cirugía Pediátrica. Como ocurrió en los Estados Unidos, el ente rector emanó de la American Pediatric Surgery Association creada recién en 1970. APSA formó un Comité de Revisión del Residentado con tres miembros, que solicitaron la aprobación del Board de Cirugía, para constituir su respectivo Directorio de Cirugía Pediátrica. Al proponerse un exigente examen escrito y oral, Beardmore, Randolph y Rowe tomaron y aprobaron el examen, naciendo así el Board de Cirugía Pediátrica en 1975.

 

El problema que tenemos en el Perú es la inexistencia de los directorios de especialistas que se iniciaron en Estados Unidos en la década de 1920. Tampoco tenemos una institución con el prestigio y fortaleza del American College of Surgeons, que formalizara en 1950 el auspicio de 11 programas en cirugía pediátrica.

 

Aquí es donde nuestro ente rector provisional podría convertirse en una moderna Asociación Peruana de Cirugía Pediátrica y replicar el ejemplo de los tres maestros de la cirugía pediátrica norteamericana, sometiéndose al exigente examen para entonces ofrecerlo a cirujanos que califiquen para rendir su primer examen en el nuevo Directorio. Este paso es fundamental, pues va a requerir determinación y paciencia, pero esta institución podría convertirse en un ejemplo a nivel nacional, ya que, eventualmente, la certificación será obligatoria para ejercer como cirujano pediatra en el Perú.

 

5.       Funciones esenciales del Directorio de Cirugía Pediátrica en el Perú: a) Aprobar los programas de entrenamiento cada 3-5 años. b) Certificar los graduados con exigente examen escrito y oral. c) Recertificar los especialistas cada 10 años. d) Velar por el desarrollo de una verdadera calidad de atención a la población infantil.

 

6.       Estudio de fuerza laboral. Puede basarse en el estudio de O’Neill de 1995, que proponía un especialista por cada 100,000 habitantes en edad pediátrica (<18 años). Aplicado este estudio al Perú de 2023, necesitaríamos 100 cirujanos pediatras en el país y 30 en Lima y Callao. El nuevo ente rector deberá estudiar, con respeto y dedicación, el problema de 470 apreciados jóvenes especialistas, 324 de los cuales aparentemente laboran en la capital, según los registros del Colegio Médico. Efectuado el empadronamiento respectivo, se les puede proponer tomar el examen por el recién formado Directorio. Si el graduado desaprobara el examen, tendrá dos oportunidades cada año para aprobarlo. Si falla en los exámenes consecutivos, no podrá ejercer la especialidad a menos que apruebe un Residentado de dos años.

 

7.       Investigación clínica de la práctica cotidiana. Para llegar a este otro aspecto fundamental, el ente rector debe monitorizar los resultados de la nueva cirugía pediátrica peruana. La práctica asistencial debe ser cuidadosamente vigilada por los jefes de servicio hospitalario, incluyendo las descripciones que acrediten elementos importantes como indicación quirúrgica, reporte operatorio detallado, cirujano responsable y sus asistentes, evolución hospitalaria con diagnóstico pre y post operatorios, detallando morbilidad y mortalidad. No menos importante será el seguimiento por el cirujano a corto, mediano y largo plazo. Estudios y publicaciones clínicas serán absolutamente necesarias y, desde luego, cualquier incursión en investigación científica de calidad.

La cirugía pediátrica no se mide por el número de operaciones realizadas, sino por la calidad de la formación, la seguridad de los pacientes, la honestidad intelectual y el compromiso con la mejora continua.

Los avances duraderos no se logran por el esfuerzo de un individuo excepcional, sino por la creación de instituciones que formen a generaciones sucesivas con estándares cada vez más altos. Esta idea aparece, de una u otra forma, en los sistemas de salud y en las especialidades médicas que han alcanzado una fructífera existencia. Los grandes pioneros no solo operaron bien o investigaron: construyeron escuelas del saber, establecieron estándares y formaron discípulos que luego los superaron.

 

Jorge E. Uceda

Miraflores, 25 de julio 2026.